Cómo dejar de gritar a los hijos

Cómo dejar de gritar a los hijos

Dejar de gritar es uno de los propósitos que más a menudo nos planteamos las madres y que nos ocasiona una gran frustración cuando vemos que no somos capaces de conseguirlo. Pero es que no es una tarea fácil!!!. Los gritos no dejar de ser las expresiones de una emoción, el enfado, que cuando se convirte en una carga emocional, en ira, la emoción toma las riendas y perdemos el control de nuestro cuerpo y terminamos levantando la voz.

En las redes sociales se popularizó hace un tiempo un reto denominado el “desafío del rinoceronte naranja”. Este desafío lo creo una madre estadounidense en el año 2012 que se propuso el objetivo dejar de gritar a sus hijos durante un año. Esta madre contó su desafío en un blog que en la actualidad ya no está disponible porque desapareció por un error técnico.
El desafío llegó a España en el año 2013 y se popularizó gracias a Cecilia Jan que publicó un artículo sobre él en El País. Tras su publicación, muchos blogs de nuestro país se hicieron eco del reto, se creó un grupo de Facebook y en pocos días más de 1300 personas se habían unido al grupo.  En twitter se seguía el desafío con los hashtags #rinonaranja y #yanogrito.
El reto se resumía en 12 pasos principales, pero los seis principales son:
  • Reconocer y plantearse seriamente la necesidad de cambiar.
  • Establecer un objetivo claro y realista, no era necesario establecer como tiempo un año entero, podía ser una semana o momentos concretos del día (por ejemplo, durante las mañanas antes de ir al colegio).
  • Explicar el reto a familiares y amigos, con lo que se sentirá más obligado a cumplirlo.
  • Contar con una red de apoyo que puede ser tanto vitual (Facebook) o entorno real que
  • Tener una especie de “diario de gritos” en la que se registra durante varios días en que momento ha gritado y que es lo que ha desencadenado los gritos. Esto ayudará a identificar los momentos en los que se acostumbra a gritar. Esto permitirá a anticiparse y a prepararse (por ejemplo, preparar la ropa de los niños el día antes si sabe que las prisas de la mañana desencadenan los gritos).
  • Progresar lentamente, al principio se alejaba de los niños cuando se sentía con ganas de gritar, o cambiar los gritos por algún sonido tipo arggg. Poco a poco, se controla el impulso de gritar.
Hay que reconocer que el reto tiene algunos aspectos muy interesantes. Por ejemplo, propone una especie de registro para identificar los momentos en que se grita y en los desencadenantes. Pero se podría ir más allá, se podría profundizar sobre las emociones e intentar averiguar que hay tras nuestra conducta. Una buena alternativa sería la realización de un “diario emocional”, que ya hable en esta entrada, que nos ayudará a conocer y gestionar las emociones. Pero cuando llevas un tiempo siguiendo el reto ves que muchas madres explican sentimientos de frustración ya que no consiguen dejar de gritar, porque muy  a menudo terminan el reto lo terminan reduciendo al objetivo en sí mismo, es decir, en dejar de gritar, centrándose solo en el síntoma y no en el problema que origina el síntoma. Es como pretender curar una enfermedad tratando solo la fiebre sin tratar la infección que la ocasiona.
Robert Dilst, uno de los referentes en Programación Neurolingüística, nos presentó una jerarquía de las conductas basada en niveles, y conocida como la Pirámide Neurológica de Dilts. En ella se observan una serie de niveles en los que el entorno y las conductas se situarían en la cima y parte visible de la pirámide, y que se apoyan sobre niveles inferiores, no visibles, como son las aptitudes, opiniones, creencias, valores, identidad y transpersonal.
Los cambios de los niveles inferiores afectan a los superiores, pero difícilmente un cambio de conducta modifica los más profundos. Por lo que para poder cambiar conductas debemos conocer y trabajar nuestros niveles inferiores. Las creencias se sitúan como uno de los niveles fundamentales de esta pirámide, y se definiría como “la forma de ver al mundo y a nosotros mismos”, sería como un manual de instrucciones personal que muestra nuestros valores, pensamientos y que justifican nuestra conducta. Por todo ello, se trata de un nivel fundamental al que hay que prestar atención cuando se quiere cambiar una conducta. Nuestros sistemas de creencias y valores se van creando desde la infancia, y al igual que las emociones del presente tienen una profunda influencia del pasado.
Es decir, para poder cambiar una determinada conducta, debemos entender que hay debajo de ella, y ser conscientes, como dice Daniel Siegel en su libro “Ser padres conscientes”, la comprensión que tenemos de nosotros mismos afecta a nuestro papel como madres, y cuanto más profunda sea esta comprensión, mejor será la relación que tendremos con ellos. Por ejemplo, cuando mi hijo hace los deberes me di cuenta de que me costaba mucho trabajo controlar mi enfado cuando le costaba empezar a hacerlos y terminaba gritando, cosa que no me pasaba en otras situaciones. Y por mucho que me propusiera no enfadarme y gritar, parecía no conseguirlo, lo que me producía sentimientos de culpa y frustración.  Cuando analicé lo que sucedía, me di cuenta de que mis reacciones estaba directamente relacionadas con mis experiencias de niña y reproducía las interacciones negativas que había vivido en situaciones similares, cuando yo hacía mis deberes. Mi yo-adulta se conectaba a mi yo-niña y revivía mis propias tareas escolares. A partir de ese momento, mi trabajo no se centró en no gritar, se centro en  dar un sentido y comprensión a mis experiencias, así como en dar consciencia a mis emociones y trabajar sobre ellas.

 


Gemma

Médico especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública, madre de dos hijos. Aficionada al patchwork, manualidades y viajar. Bloggera en mi tiempo libre

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